DE HAZAÑA EN HAZAÑA APRENDEN IMITANDONOS
Repiten todo lo que ven, es su manera de integrarse y de entender el mundo.
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P
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aula
tiene 22 meses y, a pesar de su corta edad, todos los días intenta cepillarse
el pelo y se pone ella solita la diadema como hace Ana, su hermana mayor. Jaime
tiene 15 meses y besa a su mamá en la frente cada mañana, como ha visto hacer a
papá antes de salir al trabajo. Además, disfruta con un teléfono celular de
juguete con el que mantiene verdaderas conversaciones con su muy, muy limitado
lenguaje… ¿Quién les ha enseñado? Nadie; no obstante, la respuesta es simple:
nos están imitando.
Por
increíble que parezca, ya desde sus primeros días de vida los bebés pueden
empezar a reproducir algunos gestos sencillos, aunque sean actos prácticamente
involuntarios. De hecho, algunas veces los padres identificamos en nuestros
retoños gestos que creemos heredados de papá o mamá, cuando en realidad no son
sino producto de la imitación temprana. Y esa tendencia a la imitación innata
se irá fortaleciendo a lo largo de los años a través de los estímulos que les
procuremos.
¿Cómo aprenden?
Claro
que todo lo que sabe un niño con uno o dos años no sólo es fruto de la
imitación, también lo es de la experiencia directa. Y ambas tienen mucho que
ver. El pequeño nos ve, nos imita, lo prueba, ve qué funciona y qué no, y luego
vuelve a intentarlo. Su experiencia le dice que a pesar de que mamá toma el
bote con una mano y el tapón con otra, a él le resulta más fácil dejar el bote
en el suelo y usar las dos manos para taparlo. Entonces viene el ensayo-error,
ensayo-error, repetir todo mil veces hasta lograr su objetivo. ¿Qué pasa
después? Que vuelve a ver a mamá tapar el bote. Él ya ha adquirido suficientes
habilidades para imitarla, esta vez, casi igual.
Pero,
para eso, tendrá que tener acceso al bote y a la tapa (por poner un ejemplo).
Si no, difícilmente podrá imitarnos.
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- Hay que enseñarles a comer solos, pero dejar que lo hagan a su ritmo, por mucha prisa que tengamos.
- No solo debemos ser modelos de socialización, también procurarles lugares donde practicarla (en el parque, en cumpleaños de familiares o amiguitos, por ejemplo).
- No basta con decirles que debe comer variado si nosotros no probamos la verdura.
Paciencia, mucha paciencia
Y ni
siquiera esto es suficiente. Para que aprenda imitando también es necesrio
mucha paciencia (nuestra y de ellos).
Por
ejemplo, un niño de casi dos años puede comer solo… o no. Teniendo en cuenta
que con esa edad tiene la capacidad de tomar el tenedor y pinchar, el que lo
haga dependerá de que le hayan enseñado, de que haya visto a otros hacerlo
(imitación) y, claro está, de que se lo permitan hacer y animen a ello
felicitándolo por el esfuerzo invertido.
Entonces,
el éxito de sus pequeñas hazañas dependerá de la paciencia de sus padres.
Permitir que sean ellos poco a poco los que resuelvan los problemillas
(tremendos problemas según su punto de vista) es fundamental para su
aprendizaje.
Sus primeros maestros: los padres, los amigos…
Así
que somos nosotros de quienes antes aprenden y a quienes antes imitan. Y no
sólo porque estamos cerca y nos ven durante todo el día, sino porque nos
quieren. Imitan a las personas que aman, a sus referentes. Entre los que
también se incluyen, aunque ne menor medida, sus tíos, primos y compañeros de
guardería.
Sí,
de estos últimos también aprenden, y mucho, y es muy importante que lo hagan,
por ser la única forma que tiene de sociabilizarse con sus iguales, aunque
algunas de las cosillas que retengan no nos gusten demasiado. Y es que, ¿qué
padre no ha dicho alguna vez?: “¿Dónde ha aprendido este niño a decir esta
palabra?”. Pues de la guardería, de su inocente compañero de clase, que a su
vez lo escucho decir a su adorado tío. Y como lo quiere tanto lo imita.
Aunque
cada niño tiene su ritmo, la mayoría está en pleno aprendizaje del lenguaje y,
a partir de los dos años, se soltarán a parlotear lo que han escuchado en casa,
en la calle, en la tele. En este aspecto de desarrollo la imitación es total
(sólo aprenden escuchando) y los padres podemos hacer mucho para echarles una
manita.
Una
buena manera de aprender palabras nuevas contribuyendo a enriquecer así su
lenguaje es cantarles. Vale tanto una canción infantil como otra inventada.
También existen en el mercado un montón de libros con ilustraciones y sonidos
que enseñan a los niños a distinguir una vaca de una oveja y a saber que una
hace “muu” y la otra “beee”.
Y si
lo nuestro no es ni la música ni las rimas, no por esto dejemos de hablarles.
Cuantas más oportunidades de conversar provoquemos, más desarrollarán ellos,
por imitación, su vocabulario y capacidad de expresión. Lo fundamental es que
le hablemos bien, tratando de no repetir sus errores. Porque si nosotros
imitamos sus fallas y ellos a su vez nos imitan, tardarán mucho en saber qué es
correcto y qué no lo es.
También imitan miedos
Tampoco
se las pasan por alto nuestras reacciones. Todo se les queda grabado en su
cabecita. Es el caso de Laura, cuyo terror a los perros sólo es comparable al
que siente su padre.
Está
claro que es complicado – y casi obsesivo- tener siempre en la cabeza que el
niño está aprendiendo continuamente de lo que hacemos y lo que no hacemos. Pero
no se trata de agobiarse ni de tratar de ser perfectos en todo momento, sino de
establecer hábitos, valores y normas de convivencia normales y relajadas donde
podamos ser congruentes con nuestras palabras y actos.
Copian todos nuestros comportamientos, aunque
no entiendan para qué sirven
Cuidado con los malos hábitos
- No sólo copian lo bueno, también lo malo. Comer con malos modos o decir malas palabras son solamente algunas de las “perlas” que podemos “legar” a nuestros hijos con nuestro comportamiento.
- Pero hay hábitos más peligrosos. Está comprobado, por ejemplo, que si uno de los padres fuma, existen cuatro posibilidades contra una de que el hijo repita el hábito, por más que se le haya advertido en su contra. Lo mismo sucede con temas como el alcohol o la violencia.
- La cuestión está clara: si nosotros no controlamos nuestros malos hábitos, no podremos controlar nunca los suyos. Los padres no somos siempre ejemplares, pero sí somos siempre el ejemplo.
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